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LopandGAME STUDIO

La Botica de Almar, nuestro cuarto juego

La Botica de Almar · 6 min de lectura · Lopand Game Studio

Es la mañana del primer día. Maese Orbel deja una carta en el mostrador, toma su bolsa y se va de viaje un mes. En la botica de Brezo se quedan sus dos aprendices, Enna y Tiago, un alambique, un huerto y una fila de vecinos que no tardan en tocar la puerta. Así empieza nuestro cuarto juego.

Se llama La Botica de Almar y es un juego tranquilo de pociones en pixel art: durante 30 días recolectas, mezclas en el alambique, atiendes a la gente del pueblo y haces crecer el local. Todavía está en desarrollo, pero ya se juega de principio a fin en el estudio. Aquí va qué es, por qué lo hicimos y lo que aprendimos en el camino.

Arte de La Botica de Almar: Enna y Tiago detrás del mostrador, el caldero burbujeando a la izquierda y tres vecinos haciendo fila.
La botica en la tarde: los gemelos atienden y los vecinos esperan su turno.

Por qué una botica

Queríamos un cuarto juego con el mismo estilo de arte que los otros, así que pusimos cinco ideas sobre la mesa, cada una con su maqueta: una botica tranquila, un juego de defensa de torres, uno de cartas, uno de fusionar objetos con un pueblo y uno de sobrevivir oleadas. Ganó la botica por una razón que nos gustó mucho: suma a El Aprendiz de Almar en vez de competir con él. Usa su alquimia, su pueblo y su gente, y le da a quien la juega un lugar conocido para cuando empiece la aventura. El de oleadas, en cambio, se parecía demasiado a Lumbre, la última luz.

La botica ocurre antes de El Aprendiz de Almar. Los gemelos todavía son aprendices, el reino todavía está en paz y nadie se ha vuelto de piedra. Nos pusimos una regla desde el primer día: nada de lo que pasa en la aventura se cuenta aquí. Ni un nombre, ni una pista. Si juegas la botica primero, llegas al otro juego conociendo a la panadera y al herrero, pero sin saber qué les espera.

Un día en la botica

Cada día dura entre 8 y 12 minutos y tiene cuatro momentos. En la mañana cosechas el huerto, sales al bosque a juntar lo que asome y, si hoy pasa, le compras a Madre Sauce lo que te falte en su carreta (y hasta puedes regatearle). En el taller adelantas pociones, sobre todo las que tienen que reposar. En la tarde abres el mostrador y atiendes a los clientes. En la noche mejoras el local, aprendes recetas y decoras.

El corazón es el alambique, el mismo de El Aprendiz de Almar: mueles, pones los ingredientes en orden y cuidas el fuego. Cada poción sale regular, buena o excelente, y eso decide el precio, la propina y tu reputación en el pueblo. Hay 20 recetas que se abren capítulo a capítulo, desde un jarabe para la tos hasta un elixir que cura de todo un poco.

Y está la gente. Doce vecinos con historia vuelven tres o cuatro veces cada uno: Baldo, el molinero que no deja de toser; Tomé, que quiere ganar la carrera de niños como sea; la Hermana Clara, que viene a ver con sus propios ojos qué mezclan dos aprendices; Nuño, el minero que canta en la galería pero no delante del pueblo. Cada visita les cambia algo, y el pueblo lo nota.

La misma botica de noche: la luz baja, la vela del mostrador encendida y el caldero todavía caliente.
De noche la botica se apaga y sólo queda la vela: es la hora de mejorar y decorar.

Sin prisa

La primera versión del mostrador tenía clientes que esperaban 45 segundos. Al probarlo se sentía como un juego de cocina con reloj, justo lo que no queríamos. Lo subimos a dos minutos y cambiamos de dónde viene la presión: ya no es el reloj, es tener la poción correcta en el estante y que salga bien. Para que la tarde no se trabe, el alambique también se abre mientras los clientes esperan.

Luego jugamos el mes entero muchas veces, con tres estilos de jugador: el tranquilo, el normal y el que no deja escapar nada. Salieron dos sorpresas. La primera: las mejoras eran tan baratas que el jugador normal las tenía todas el día 11 y se quedaba con miles de monedas sin nada que comprar; ahora la última llega alrededor del día 23. La segunda fue más importante: el jugador tranquilo perdía casi toda su reputación porque cada cliente que se iba le restaba. Eso castigaba justo a quien juega a su ritmo. Ahora se pierde como mucho un poco por día, y el final del mes cuenta cómo te fue sin regañarte.

Justo con quien no paga, y para todo público

La historia completa es gratis: los 30 días, los doce vecinos y las 20 recetas. Hay esencias y un paquete de inicio para quien quiera decorar o adelantar, pero la calidad de tus pociones no se compra: jugar bien siempre rinde más que pagar. No hay cajas sorpresa, y todo lo que se vende también se gana jugando, salvo algunos adornos exclusivos.

También tiene anuncios, y fue la decisión que más pensamos. Quedaron así: sólo si tú quieres, a cambio de un regalo (un reloj de arena, un ingrediente raro o propina doble) y como mucho cinco al día. Nunca aparecen solos. Y como es un juego tranquilo que pueden disfrutar niñas y niños, decidimos que fuera para todo público: el juego no pide datos, los anuncios son aptos para todas las edades y no rastrean a nadie, y las compras siguen las reglas de Google Play para cuentas de menores. Todo eso está en el aviso de privacidad, que publicamos antes que el juego.

Cómo va

Ya se juegan los 30 días en cinco capítulos, con sus recetas, sus vecinos, el huerto, el bosque, la carreta, las mejoras y los adornos, las misiones, la tienda y los anuncios opcionales. Suena con la música y los sonidos de Brezo, los mismos de El Aprendiz de Almar, y en un Android de gama media corre a 90 cuadros por segundo. El arte y el diseño son de Romina López.

Lo que sigue: que la juegue gente de fuera del estudio, ajustar el ritmo con lo que veamos y una prueba cerrada en Google Play. Saldrá primero en Google Play, sólo en México, y todavía no tiene fecha. Mientras tanto, conoce a los vecinos y las recetas en la página del juego o descarga el arte en el kit de prensa.

Lo que aprendimos: un juego tranquilo no se consigue quitando cosas, sino decidiendo a quién no castigar. Cada número del mes lo revisamos pensando en quien juega a su ritmo, y así encontramos lo que el reloj y la reputación le estaban cobrando sin que nadie lo notara.